En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y para poner a prueba a Jesús, le preguntó: “Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?”. Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Díjo entonces: “Bien has respondido. Haz eso y vivirás”. Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “Y ¿quién es mi prójimo?”

Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino, lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta”.

El samaritano, a pesar del gran distanciamiento que había entre judíos y samaritanos, enseguida se dio cuenta de la desgracia que sufría aquel hombre, y se movió a compasión. Hay quienes están cegados para lo que pueda resultarles enojoso, y hay quienes intuyen con prontitud una pena en el corazón del prójimo.

Es necesario, en primer lugar, querer ver la desgracia ajena, no ir tan deprisa en la vida que justifiquemos con facilidad el pasar de largo ante la necesidad y el sufrimiento del otro.

La compasión del samaritano no es puramente teórica, ineficaz. Por el contrario, pone los medios para prestar una ayuda concreta y práctica. Lo que lleva a cabo este viajero no es, quizá, un acto heroico, pero sí hace lo necesario.

En primer lugar se acercó; es lo primero que debemos hacer ante la desgracia o la necesidad: acercarnos, no verla de lejos. Luego, el samaritano tuvo las atenciones que la situación requería: cuidó de él. La caridad que nos pide el Señor se demuestra en las obras. Se manifiesta llevando a cabo lo que se deba hacer en cada caso concreto.

Dios nos pone al prójimo, con sus necesidades concretas, en el camino de la vida. El amor hace lo que la hora y el momento exigen. No siempre son actos heroicos, difíciles; con frecuencia son cosas sencillas, pequeñas muchas veces, “pues esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria”.

Se presenta en prestar un pequeño servicio, en dar un poco de aliento a quien esa mañana hemos encontrado más desalentado, en ofrecer una palabra amable en la que mostramos nuestro aprecio, en expresar una sonrisa, en indicar con amabilidad la dirección de una calle que nos han pedido, en escuchar con interés...

Los quehaceres de este buen samaritano pasaron por unos momentos a segundo término, y sus urgencias también; empleó su tiempo, sin regateos, en auxiliar a quien lo necesitaba. Y no sólo nuestro tiempo, también nuestras aficiones personales, nuestros gustos -no digamos ya nuestros caprichos- deben ceder ante las necesidades de los demás.